Difusión del conocimiento de las ciencias médicas

01/11/2022

Las pestes en el Río de la Plata – Siglos Xlll a XVlll

Por Lic. María Nélida Hessain

. Lectura de 5 minutos

La América que descubrió Europa, la de los siglos XV al XVII, tuvo un crecimiento poblacional reducido, la mortalidad era sólo ligeramente inferior a la natalidad, situadas ambas en alrededor de 40-50 por mil habitantes.

A fines del siglo XVII, cuando el astrónomo Halley construyó las primeras tablas de vida, la expectativa media de vida al nacer era de poco más de 16 años.

La expectativa de vida de la campaña, donde habitaba la mayor parte de la población, era más alta que la de la ciudad, y el promedio de ambas se acercaba a los 25/30 años.

Periódicamente, diversas epidemias producían, en aquellos siglos, picos de mortalidad que reducían notablemente la población de la región afectada, tardando décadas en recuperar su tamaño anterior.

Dentro de las epidemias se destacan las de viruela y las de peste bubónica, por su elevada letalidad cercana al 80%. Se calcula que el brote de peste ocurrido en el norte de España entre 1596 y 1602, produjo medio millón de muertes, y otras tantas se produjeron en 1648-1652 y en 1677-1685.

En Venecia la finalización de la peste, a comienzos del siglo XVII, fue celebrada con la construcción de esa monumental y perdurable “acción de gracias” que es la basílica de Santa María della Salute.

Aquellas enfermedades infecciosas que confieren inmunidad prolongada se convirtieron, paulatinamente, en ¨enfermedades de la infancia¨, debido a que los adultos y jóvenes se habían vuelto inmunes por haberlas padecido, sea en sus formas clínicas o en las más frecuentes inaparentes o subclínicas, siendo los únicos susceptibles de contagio los niños que nacían y se criaban después de un brote epidémico.

Cuando los europeos llegaron a América, éstas que allá eran enfermedades de la infancia se transformaron aquí en ¨armas letales para los indígenas¨, todos ellos susceptibles. En América de aquellas épocas, las letalidades del sarampión o la fiebre urliana (paperas) llegaron a ser de 80 y 90%.

Los investigadores suponen que la población americana, en el momento del descubrimiento, pudo acercarse a los cien millones, de los cuales unos quince habrían poblado la región andina.

 En los años del virrey Toledo (1569-1581), la población nativa del área andina se habría reducido a un millón y medio; y los españoles en todo el continente americano no alcanzaban en esa época a 100.000.

En el actual territorio argentino en 1570, se estimaban unos 300.000 indígenas, momento en el cual se produjo el ingreso de los conquistadores y la ocupación de las tierras.

En general, se puede afirmar que entre los siglos XVI y XVIII, la población nativa americana se redujo entre un 75% y un 95%,  de su tamaño original. La razón principal de esta reducción fue el aumento de la mortalidad, causada más por la introducción involuntaria e ignorada de nuevos agentes patógenos, por la desigual lucha armada o la crueldad de las condiciones de trabajo en las minas y encomiendas.

Los nativos tenían una particular inocencia inmunológica derivada de su origen, una migración desde el Asia septentrional, seguida de una evolución en casi total aislamiento por centenas de siglos.

En la América del Norte esta “guerra bacteriológica” no fue siempre involuntaria: a mediados del siglo XVIII, Lord Jeffrey Amherst ordenaba distribuir entre los indios enemigos frazadas infectadas con linfa variólica.

En 1928, Eliseo Cantón incluía en su “Historia de la medicina en el Río de la Plata” un capítulo titulado: “Las epidemias y la despoblación de América”. En el afirma:

¨Más de veinte millones de indígenas, pertenecientes a diversas razas fuertes, aclimatadas, sanas y vírgenes de contaminación epidémica, han desaparecido del continente, en el correr de tres siglos de dominación española y portuguesa…”.

“Los millones de indígenas que formaban las naciones de América, a la llegada de los europeos, tenían  organismos puros, incontaminados, verdaderos caldos de cultivo, que sólo esperaban la siembra de gérmenes patógenos, para verlos proliferar y difundirse en proporciones nunca imaginables.

La elevada mortalidad era el costo humano del proceso de globalización ¨epidemiológica¨, que acompañaba a esa fase de la globalización “civilizadora” occidental, alentada por la codicia, la curiosidad, el espíritu de aventura, y tal vez, también el afán evangelizador.

Los dioses de los recién llegados eran más poderosos que los vernáculos, ya que los protegían de las nuevas enfermedades que diezmaban a la población nativa (viruela, sarampión, fiebre urliana, malaria, fiebre amarilla y varias más). ¨

Lo cierto es que Buenos Aires,  hasta principios del siglo XVIII, era una aldea con un par de cientos de “vecinos” (unos 1.000 habitantes), casi una “puerta de servicio” para el virreinato.

En 1701 se autorizó a las naves de bandera francesa, potencia amiga, a transportar esclavos a las colonias.

En 1713, concluido un conflicto bélico y como consecuencia de “la paz de Utrecht” (1713), Inglaterra obtuvo importantes concesiones comerciales, que incluyeron el Tratado del Asiento de negros, a través del cual se autorizó a los ingleses a introducir en las Indias Occidentales, por los puertos de su elección, 4.800 negros por año.

En el puerto de Buenos Aires un esclavo negro se pagaba 200 pesos o su equivalente en cueros, alrededor de 100 piezas, más de una vez estalló en este puerto un ¨brote epidémico¨ después de la llegada de un buque negrero.

Como consecuencia del ¨Tratado del Asiento¨, los ingleses solicitaron al gobierno de Buenos Aires un lugar para depósito de negros. Una real cédula del año 1716 dispuso que se les asignase un predio, decidiéndose otorgarles el que habían ocupado antes los franceses, en un lugar cercano a lo que es hoy el Parque Lezama.

Años después llegaron a Buenos Aires tres cirujanos ingleses para prestar servicios en el ¨Asiento¨, como medio para proteger la inversión. Fueron autorizados a ejercer su arte, y abrieron una botica.

En 1744, en el final del reinado de Felipe V, la ciudad de Buenos Aires comenzaba a prosperar. Contaba con una población blanca de poco más de 10.000 personas, la población negra alcanzaba a 1200 y la nativa y mestiza sumaba unos 300; era una aldea de casas bajas, de construcción precaria, y cuyas calles se convertían en lodazales al primer aguacero.

En 1750, del Tratado de Permuta, modificó el límite entre los dos imperios, Portugal cedía a España la Colonia del Sacramento, y España le cedía los territorios de Río Grande y las Misiones. Como consecuencia de ese tratado, que no satisfizo a nadie, se produjeron levantamientos de los nativos de las Misiones, quienes no se resignaban a aceptar el haber sido cedidos, junto con sus territorios y aldeas, al hasta entonces su mortal enemigo.

En ese período los indígenas de las Misiones sufrieron varias epidemias de viruela y algunas de sarampión, con alta letalidad, produciendo decenas de miles de muertes, cifra pequeña comparada con los dos millones que se estima que fallecieron por viruela en el continente entre 1590 y 1610.

Las matanzas de nativos guaraníes fueron de tal magnitud que alarmaron a la metrópoli, la cual decidió enviar una expedición armada. La autoridad portuguesa afirmaba esperar que se completara el traslado de los pueblos indígenas para hacerse cargo del territorio, y mantenía mientras tanto su ocupación de la Colonia, así como las lucrativas actividades de contrabando que se realizaban allí.

En ese contexto, Fernando VI designó a un militar de experiencia, Pedro de Cevallos, como Gobernador de las Provincias del Río de la Plata y Ciudad de Buenos Aires, en cuyo puerto desembarcó en noviembre de 1756.

Fuentes:

O.P.S -https://iris.paho.org/bitstream/handle/10665.2/3476/argentina-salud-publica-historia-tomo1.pdf- Juan Carlos Veronelli / Magalí Veronelli Correch¬- Los orígenes institucionales de la Salud Pública en la Argentina. CANTÓN, E. Historia de la… Op. cit., p. 230. SCHIAFFINO, R. Historia… Op. cit., T. III, p. 51.

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